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EL PLAN DIVINO DE LAS EDADES (Charles Taze Russell 1886)

ESTUDIO XIII

LOS REINOS DE ESTE MUNDO

El Primer Dominio.—Pérdida del derecho a 61.—Su redención y restauración. —El Típico Reino de Dios.—El Usurpador.—DOD fases del dominio actual.— Los poderes existentes son ordenados por Dios.—La opinión de Nabucadonosor acerca de ellos.—La opinión de Daniel y su interpretación.— Los Reinos de este Mundo presentados bajo otro punto de vista.—Rolaci6n adecuada de la Iglesia con los gobiernos del tiempo presente.—Breve examen dé derecho divino de los reyes.—Falsas pretensiones de la Cristiandad.—El Quinto Imperio Universal proporciona mejor esperanza.

EN EL PRIMER CAPITULO de la Revelación Divina, Dios declara su propósito concerniente a su creación terrena y al gobierno de ésta: "Y dijo Dios: Hagamos al hambre a nuestra imagen y semejanza y tengan ellos dominio sobre los peces de la mar, sobre las aves del cielo, y sobre las bestias, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. De manera que creó Dios al hombre a la imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y díjoles Dios: Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y subyugadla; y tened domino sobre las aves del cielo, y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

De esta manera el dominio de la tierra fue puesto en manos de la raza humana, representada en Adam, el primer hambre, quien fue perfecto, y por lo tanto, enteramente apto para ser el Señor, Gobernador o Rey de la Tierra. Esta comisión para que hinchieran la tierra y la subyugaran, no fue dada tan sólo a Adam, sino a la humanidad entera: "Y tengan ELLOS dominio" etc. Si la raza humana hubiera permanecido por entero sin pecado, este dominio nunca hubiera pasado de sus manos.

Se notará que en esta comisión no se le da a nadie dominio o autoridad sobre los demás, sino que a la raza entera le es conferido el dominio sobre la tierra, para culti- (252) varla y para servirse de sus productos en común acuerdo y para el bien general. No tan solo se puso su riqueza vegetal y mineral al mando del hombre, sino que también todas las variedades de vida animal fueron puestas a su disposición y servicio. Si la raza hubiera permanecido en su estado de perfección y hubiera llevado a cabo este designio original del Creador, en proporción a que su nú­mero se aumentaba, habría sido necesario que los hombres se reunieran en consulta con el objeto de sistematizar sus esfuerzos, e idear los medios para hacer una equitativa y prudente distribución de las bendiciones comunes. Y como, a causa de su vasto número, con el transcurso del tiempo hubiera sido imposible el reunirse para consultar los unos con los otros, hubiese sido necesario para los va­rios grupos el elegir de entre su número ciertos individuos, como representantes suyos, con el objeto de que expresa­sen sus comunes sentimientos y actuasen en su lugar. Y al ser todos los hombres perfectos, mental, moral y física­mente; y al amar todos a Dios y sus leyes supremamente, y a su prójimo como a si mismos, no hubiera habido la menor fricción en semejante arreglo.

 

Visto de esta manera, el designio original del Creador relativo al gobierno de la tierra, fue el de uno republica­no en su forma, uno en que todo individuo tomaría parte, siendo cada cual un soberano ampliamente competente en todo respecto para ejercer los deberes de su oficio, tanto para su bien propio, como para el bien general.

 

Este dominio de la tierra, conferido al hombre, tan solo tenia una condición sobre la cual dependía su perpetuidad; tal condición era la de que este gobierno divinamente con­ferido, debería siempre ejercerse en armonía con el Su­premo Gobernante del Universo, cuya única ley, breve­mente expresada, es el AMOR. "El amor es el cumpli­miento de la ley," "amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente . . . y a tu prójimo como a ti mismo."—Rom. 13:10; Mat. 22:37-40

 

Tocante a este gran favor conferido al hombre, David, en alabanza a Dios, dice: "Le hiciste un poco inferior que (254) los ángeles, y coronástele de gloria y honra. Hicístelo enseñorear de las obras de tus manos." (Sal. 8:5-ó). Es­te dominio dado a la humanidad en la persona de Adam, fue por vez primera el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra. De manera que el hombre ejercía el do­minio sobre la tierra como el representante de Dios, mas su desobediencia al Supremo Gobernante, no solamente le hizo perder su vida, sino también todos su derechos y privilegios como el gobernante de la tierra en representa­ción de Dios. Desde entonces, él fue un rebelde destro­nado y condenado a muerte. Luego, el Reino de Dios sobre la tierra pronto cesó, y desde entonces no se ha vuelto a establecer, excepto por un corto tiempo y de una manera típica con el pueblo de Israel. Aun cuando en el Edén, el hombre perdió el derecho a la vida y a su domi­nio, ni el uno el otro le fueron quitados repentinamente; y mientras el hombre se encuentra bajo la condena, se le ha permitido ejercer dominio sobre la tierra según sus propias ideas y aptitudes, hasta que llegue el tiempo seña­lado por Dios para que Aquél, cuyo es el derecho, tome posesión del dominio que compró.


 

La muerte de nuestro Señor redimió o compró no sola" mente al hombre, sino también toda su herencia original, incluso el dominio de la tierra. Habiéndola comprado, ya tiene títulos, y pronto, a su debido tiempo, tomará po­sesión de su compra. (Efe. 1:14) Mas, así como El com­pró al hombre, no con el objeto de tenerlo como esclavo, sino para poder restaurarlo a su estado primitivo, lo mis­mo acontece con la tierra; la compró, juntamente con las bendiciones originales del hombre, con el propósito de restaurárselas cuando éste sea competente para hacer el uso debido de ellas en armonía con la voluntad de Dios. Por eso, el Reinado del Mesías sobre la tierra no será eterno, tan sólo durará hasta que con vara de hierro haya subyugado todas las rebeliones e insubordinaciones, y ha­ya restaurado la raza caída a la perfección original; enton­ces serán enteramente competentes de ejercer el dominio sobre la tierra, como desde el principio se designó. Cuan­- (255) do sea restaurado de tal manera, será de nuevo el Reino de Dios sobre la tierra, sujeto al hombre como representante señalado por Dios.

 

Durante la Edad Judaica, Dios organizó al pueblo de Israel como su reino, pero tan sólo de una manera típica, bajo Moisés y los Jueces—una especie de república. Y el gobierno, ya más absoluto, establecido después, espe­cialmente bajo David y Salomón, en algunos respectos fue típico del reino prometido en que reinará el Mesías. Muy diferentemente de las demás naciones que la rodeaban, la nación de Israel tenía a Jehová por Rey, y sus gobernan­tes nominalmente, servían bajo su dirección, como lo ve­mos en el Salmo 78:70, 71 Esto, claramente se da a en­tender en 2 Crónicas 13:8, y en 1 Crónicas 29:23, en donde se menciona a Israel como "el Reino de Jehová," y donde se dice que Salomón "se sentó en el trono de Jehová como rey en lugar de su padre David" quien reinó en ese mismo trono durante los cuarenta años anteriores, en seguida de Saúl el primer rey.

 

Cuando el pueblo de Israel pecaba en contra de Dios, El los castigaba repetidamente, hasta que al fin les quitó el reino por completo. En los dias de Sedequias, el último que reinó de la linea de David, el cetro del poder real fue removido. Allí fue derrocado el típico reino de Dios.

 

La decisión de Dios tocante a este asunto está expresa­da en las siguientes palabras: "Y tú, ¡oh profano e impío príncipe de Israel! cuyo día ha llegado ya, el tiempo en que la iniquidad tendrá su fin, así dice Jehová el Señor: ¡0emuévase la diadema y quitese la corona, ésta no será más así . . . Haré que haya trastorno, trastorno, tras­torno, y aquélla TAMPOCO SERA MAS hasta que ven­ga Aquél, cuyo es el derecho, y a El se la dáre." (Eze. 21:25-27) En cumplimiento de esta profecía, el rey de Babilonia peleó contra Israel, cautivó al pueblo y quitó a su rey. Aun cuando más tarde Ciro el Persa los restauró a su existencia nacional, estuvieron subyugados y pagando tributos a los imperios de Medo-Persia, Grecia y Roma, sucesivamente, hasta la destrucción final de su (256) nacionalidad en el año 70 E. C.; desde entonces han esta­do esparcidos entre todas las naciones.


 

Desde la caída del hombre, el reino de Israel ha sido el único que Dios ha reconocido como, en cierto grado, representando su gobierno, sus leyes, etc. Muchas nacio­nes han existido antes de la suya, pero ninguna otra podría pretender legítimamente que Dios fue su fun­dador o que sus gobernantes eran representantes suyos. Cuando se despojó a Sedequias de la diadema, y el reino de Israel fue derrocado, se decretó que debía permanecer de tal manera, hasta que Cristo, el heredero legal del mundo viniese a reclamarlo. Así, indirectamente, todos los otros reinos, hasta que el Reino de Dios se establezca en poder y gran gloria, se incluyen en el término de "los rei­nos de este mundo" bajo el dominio del "príncipe de este mundo"; por lo tanto, cualquier alegación que se presen­te der parte de éstos, de ser los reinos de Dios, es entera­mente falsa. Tampoco se "ESTABLECIO" ese Reino de Dios en el Primer Advenimiento de Cristo. ( Luc. 19:12) Entonces, y desde entonces, Dios ha estado eli­giendo de entre el mundo los que serán considerados dig­nos de reinar con Cristo como coherederos en ese trono. Solamente hasta el Segundo Advenimiento será cuando Cristo tomará el Reino, el poder y la gloria, y reinará como Señor de todos.

 

Las Escrituras denominan a todos los reinos, excep­tuando al de Israel, como reinos paganos o gentiles, los "reinos de este mundo," bajo "el príncipe de este mundo" —Satanás. La remoción del reino de Dios en los días de Sedequías, dejó al mundo sin ningún gobierno que pudiera ser aprobado por Dios, o de cuyos asuntos o leyes, El se encargara especialmente. Los gobiernos gentiles indi­rectamente se reconocen por Dios con el hecho de que

 

eses públicamente declaró el decreto ( Luc. 21:24 ) al efec­to de que durante el interregno, el mando de Jerusalem y del mundo entero sería ejercido por los gentiles.

 

Este interregno o lapso intermediario entre la deposi­sión del cetro divino, juntamente con el gobierno, y la res­- (257) tauración del mismo en mayor poder y gloria en Cristo, según las Escrituras se califica de "Los Tiempos de los Gentiles." Y estos "tiempos" o años durante los cuales se les permite gobernar a los "reinos de este mundo," son fijos y limitados, lo mismo que está fijado y demarcado en las Escrituras el tiempo en que se efectuará el resta­blecimiento del reino de Dios bajo el Mestas.

 

Malos como han sido estos gobiernos gentiles, fueron "ordenados" o permitidos por Dios con un propósito sa­bio. (Ro».. 13:1) Su imperfección y mal gobierno for­man parte de la lección general acerca de la excesiva mal­dad del pecado, y prueban la ineptitud del hombre caldo para gobernarse a sí mismo siquiera hasta el grado de su propia satisfacción. En la mayor parte de casos, Dios les permite llevar a cabo sus propósitos de acuerdo con sus habilidades, y solamente hace sentir su poder cuando tratan de traspasar los límites que en su plan les ha demarcado. Su designio es el de que eventualmente todas las cosas cooperen juntamente para el bien, y que al final, aun la "ira de los hombres" lo glorifique. El restringirá lo restante, todo lo que no redunda en bien, no enseña lección, ni es de provecho alguno.—Sal. 76:10

 

La ineptitud del hombre para establecer un gobierno perfecto es atribuible a su propia debilidad en la condición calda y depravada. De estas debilidades, las que en si mismas serian bastantes para frustrar los esfuerzos huma­nos en la dirección de implantar un gobierno perfecto, se ha aprovechado Satanás, quien fue el primero en tentar al hombre a que fuese desleal al Supremo Gobernante. Sa­tanás continuamente se ha aprovechado de las debilidades del hombre, haciendo que el bien aparezca como mal y el mal como bien. El ha tergiversado el carácter y los planes de Dios, y ha cegados los hombres a la verdad. Obrando de esta manera en los corazones de los hijos de deso­bediencia ( Efe. 2:2 ), los ha guiado cautivos según su voluntad, y se ha constituido, como nuestro Señor y los Apóstoles dicen, en el "príncipe de este mundo" ( Jn. 14:30 12:31) El no es el príncipe de este mundo por derecho sino por usurpación; por medio del fraude, del engaño y del dominio que ejerce sobre los hombres caídos. Por este motivo, por ser él un usurpador, sumariamente será depuesto. Si tuviera un derecho legítimo a ser el prínci­pe de este mundo, no sería tratado de semejante manera.

 

Así, se verá que el dominio de la tierra, como ahora se ejerce, tiene dos fases, una invisible y la otra visible; la primera es la fase espiritual, las segunda la humana; de manera que en un grado considerable, los gobiernos te­rrenales visibles se encuentran bajo el dominio de un príncipe espiritual, Satanás. Si Satanás pudo ofrecer a nuestro Señor hacerlo el supremo soberano visible bajo su dirección (Mat. 4:9), fue por hallarse en posesión de tal dominio. Cuando los Tiempos de los Gentiles toquen a su fin, las dos fases del presente dominio terminarán; Sata­nás será atado, y los reinos de este mundo serán derroca­dos.

 

La Creación entera, ciega, caída, y doblegada bajo el peso del dolor, siglo tras siglo, incierta y vacilante, ha recorrido su fatigosa senda, a cada paso recibiendo un nue­vo desengaño, probando infructuosos sus más intrépidos esfuerzos; no obstante, y creyéndola muy próxima, siem­pre ha estado en ardiente expectativa por aquella edad de oro soñada por sus filósofos. ¡No se da cuenta de que una liberación más grandiosa que ésa por la cual suspira y aguarda, se llevará a cabo a manos del despreciado Na­zareno y de sus seguidores, quienes, como los Hijos de ellos, muy en breve serán manifestados en poder del Reino, para libertarla de su servidumbre de corrupción!—Rom. 8:22, 19

 

Con el objeto de que sus hijos no estuvieran en tinie­blas en lo tocante al permiso de los malos gobiernos del tiempo presente, y respecto a su propósito final de esta­blecer un gobierno mejor después de que, bajo su provi­dencia previsora y domínate, estos reinos hayan servido - l propósito por el cual fueron permitidos, Dios, por me­dio de sus Profetas, nos ha dado varias y excelentes vistas panorámicas de los "reinos de este mundo," y en cada (259) vez, para alentarnos, se nos deja ver su derrocamiento efectuado por medio de su reino, justo y eterno, que será establecido bajo el Mesías, el Príncipe de Paz.

 

Que el presente esfuerzo del hombre para ejercer el do­minio no es en desafío abierto y coronado por el éxito, en contra de la voluntad y el poder de Jehová, se demuestra por el mensaje a Nabucodonosor en el cual Dios concede permiso a los cuatro grandes imperios, Babilonia, Medo ­Persia, Grecia y Roma de gobernar hasta que el Reino de Cristo se establezca. (Dan. 2:37-43) Esto indica cuándo ha de terminar tal permiso para ejercer el domi­nio.

 

Recordemos, mientras damos una ojeada a estas visio­nes proféticas, que las tales comienzan con Babilonia al tiempo del derrocamiento del Reino de Israel, el típico Reino de Dios.

 

LOS GOBIERNOS DE LA TIERRA EN LA VISION

DE NABUCODONOSOR

 

Entre las cosas que fueron escritas de antemano para "enseñanza nuestra," con el objeto de que nosotros, a quie­nes se nos requiere que nos sometamos a los poderes exis­tentes, podamos, por medio de la paciencia y el consuelo que ofrecen las Escrituras, tener esperanza (Ro».. 15:4 13:1), se encuentra el Sueño de Nabucodonosor y la in­terpretación divina dada por medio del Profeta.—Dan. 2:31-45

 

Daniel explicó el sueño de la siguiente manera: "Tu, oh rey, estabas mirando, y ¡he aquí una imagen colosal! Es­ta imagen que era grande y de sobresaliente magnificencia estaba de pie en frente de ti, y su aspecto era terrible En cuanto a esta imagen, su cabeza era de oro fino, sus pechos y sus brazos de plata, su vientre y muslos de bronce sus piernas eran de hierro, y sus pies en parte de hierro y en parte de barro. Tu la mirabas hasta que fue cortada una piedra, no con mano, la cual hirió a la imagen en los pies que eran de hierro y barro, y los desmenuzó

 

"Entonces fueron desmenuzados juntamente el huerco, el (260) barro, el bronce, la plata y el oro, los cuales se tornaron como el tamo de las eras de verano; y se los llevó el viento, de manera que nunca más fue hallado el lugar de ellos; y la piedra que hirió a la imagen, vino a ser una gran montaña que llenó toda la tierra.


 

"Este fue el sueño, su interpretación también diremos delante del rey. Tú, oh rey, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado el reino, el poder, la fortaleza y la gloria (allí los gobiernos o poderes gentiles que han existido fueron ordenados por Dios). De modo que don­dequiera que habitan los hijos de los hombres. las bestias del campo y las aves del cielo, El lo ha dado en tu mano y te ha hecho Señor sobre todos ellos. Tu eres esa cabeza de oro.

 

"Y después de ti, se levantará otro reino inferior a ti (representado por la plata), y otro tercer reino de bronce, que se enseñoreará de toda la tierra. Y el cuarto reino será fuerte como el hierro por lo mismo que el hierro des­menuza y pulveriza todo, porque como el hierro que que­branta todas las cosas, así él desmenuzará y quebrantará. Y como viste que los pies y los dedos eran en parte de ba­rro de alfarero y en parte de hierro, por los mismo que viste el hierro mezclado con el barro gredoso, y como los dedos de los pies eran en parte de hierro y en parte de ba­rro, así en parte el reino será fuerte y en parte endeble."

 

Entre los muchos imperios de la tierra que se han levantado, el estudiante de historia fácilmente puede deter­minar cuáles son esos cuatro grandes imperios descritos por Daniel. Estos se califican de Imperios Universales. Son como sigue: el primero, el de Babilonia, la cabeza de oro (Ver. 38 ); el segundo, el pecho de plata, el Medo-Per­sa, conquistador del de Babilonia; el tercero, el vientre de bronce, el Imperio de Grecia, conquistador del de Medo­Persia; cuarto, Roma, el reino fuerte, las piernas de hierro y los pies de hierro mezclado con barro. Al tiempo del nacimiento del Señor, tres de estos imperios habían pasado ya, y el cuarto, el Romano, ejercía el poder univer­sal según leemos "salió un edicto de parte de César Au­- (261) gusto que todo el mundo habitado fuese empadronado." —Luc. 2:1

 

Roma, el imperio de hierro, fue el más poderoso y du­radero en comparación con sus predecesores. De hecho, el Imperio Romano todavía existe, como se representa en las naciones de Europa. Tal división está representada en los diez dedos de los pies de la imagen. La mezcla del barro y del hierro en los pies, representa la unión de la Iglesia y del Estado. Esta mezcla está calificada por las Escrituras como "Babilonia," o sea, confusión. Como veremos, el símbolo del verdadero Reino de Dios es la piedra, a la que "Babilonia" ha sustituido con una imita­ción de piedra—el barro gredoso—el que está unido a los fragmentos que aún quedan del Imperio Romano (el hie­rro ) . Y este sistema mezclado, la iglesia y el estado —la iglesia nominal unida a los gobiernos de este mundo, y a la que el Señor califica de Babilonia o confusión, tiene la presunción de darse el nombre de Cristiandad, que sig­nifica el Reino de Cristo. Daniel explica: "Asimismo, como viste el hierro mezclado con barro gredoso, se mez­clarán en simiente de hombres (la mezcla de la iglesia y el mundo—Babilonia), mas no se adherirá una parte con la otra, del mismo modo que el hierro no se mezcla con el barro." No podrán por completo amalgamarse. "Em­pero, en los dias de aquellos reyes ( los reinos representa­dos por los dedos de los pies, los tal llamados "Reinos de Cristo," o "Cristiandad" ), el Dios del cielo establecerá un reino que nunca jamás será destruido; y el reino no será dejado a otro pueblo, sino que desmenuzará y acaba­rá con todos aquellos reinos, en tanto que éste permane­cerá para siempre."—Dan. 2:43-44

 

Daniel no señala aquí el tiempo en que han de termi­nar estos gobiernos gentiles, eso lo encontramos en otra parte; mas toda circunstancia predicha indica que ya el fin está muy cerca. El sistema Papal hace mucho tiempo que pretende ser el reino que el Dios del cielo ha prome­tido levantar, y que en cumplimiento de esa profecía des­menuzó y consumió todos los otros reinos. Sin embar­- (262) go, la verdad es que la iglesia nominal tan solo se unió con los imperios terrenales como el barro con el hierro, de manera que el Papado nunca ha sido el verdadero Rei­no de Dios, sino solamente su falsificación. Una de las mejores pruebas de que el Papado no destruyó ni consu­mió estos reinos terrenales es el hecho de que todavía existen; y ahora que el barro gredoso se ha tornado que­bradizo, secándose y perdiendo su poder adhesivo, amaga la ruina, y prontamente se desmenuzará cuando sea golpeado por el verdadero reino, "la piedra."


 

Continuando la interperetación, dice Daniel: "Así como viste que de la montaña fue cortada una piedra sin mano, que desmenuzó el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, el gran Dios del cielo hace saber al rey lo que ha de ser en lo porvenir, y es cierto el sueño y fiel la interpre­tación."—Versículo 45

 

La piedra que fue cortada de la montaña sin necesidad de mano alguna, y que hiere y esparce los gobiernos gen­tiles, representa a la Iglesia verdadera, el reino de Dios. Durante la Edad Evangélica esta "piedra" (reino), ha estado en proceso de formación, siendo "cortada," labrada y modelada para su futura posición y grandeza, no por medio de manos humanas sino por medio del poder y del espíritu de la verdad, el poder invisible de Jehová. Cuan­do haya sido completada, cuando sea enteramente, corta­da, herirá y destruirá los reinos de este mundo. La imagen no simboliza la gente, sino a los gobiernos, por lo tanto, éstos serán destruidos para que la gente sea puesta en libertad. Nuestro Señor no vino al mundo para destruir las vidas de los hambres, sino con el objeto de salvarlas. ~n. 3:17

 

En vista de su destino futuro, la piedra, durante su pre­paración, mientras se corta, podría llamarse una monta­ña en embrión; así también, la Iglesia podía llamarse, y algunas veces se le llama el Reino de Dios. Sin embargo, la piedra no llegó a convertirse en una montaña sino hasta que hirió a la imagen, y asimismo, la Iglesia, en el sen­tido pleno de la palabra, tan sólo vendrá a ser el Reino (263) que ha de llenar toda la tierra, cuando "el día del Señor," el "día de la indignación sobre las naciones," el "tiempo de angustia," haya pasado, cuando haya sido establecido, y cuando todo otro dominio se encuentre en subordinación.

 

Recordemos ahora la promesa hecha por nuestro Señor a los vencedores de la Iglesia cristiana: "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono." "Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, le daré potes­tad sobre las naciones y las regirá con vara de hierro, como vasos de alfarero serán desmenuzadas. Así como yo lo he recibido de mi Padre." (Apoc. 3:21 2:26, 27, Sal. 2:8-12) Cuando la vara de hierro haya llevado a cabo la obra de destrucción, entonces la mano que hirió los sanará y se han de convertir a Jehová. (Isa. 19:22, Jer. 3:22, 23; Ose. 6:1,14:4; Isa. 2:3) El entonces les dará her­mosura en vez de ceniza, el aceite de regocijo en vez de lamentos, y el manto de alabanzas en vez del espíritu de pesadumbre.

 

LOS GOBIERNOS TERRENALES EN LA VISION DE DANIEL

 

En la visión dada a Nabucodonosor vemos que los impe­rios de la tierra bajo el punto de vista humano, son una exhibición de la gloria, la grandeza y el poder humanos; aun cuando también se da a entender su decaimiento y destrucción final, como se demuestra por el gradual dete­rioro, desde oro, hasta la mezcla de hierro y barro.

 

La verdadera Iglesia, representada por la piedra, duran­te su elección, al ser tomada de la montaña, ha sido de­sechada por el mundo como si no tuviera valor alguno. Ha sido despreciada y rechazada por los hombres, no han visto en ella hermosura alguna que pudieran desear. El mundo admira, ama, alaba y defiende a los gobiernos y a los gobernantes representados en esta gran imagen, aun cuando ha sido constantemente engañado, decepcionado, herido y oprimido por los tales. El mundo ensalza por medio del verso y de la prosa, a los grandes y victoriosos agentes de esta imagen, sus Alejandros, sus Césares, sus Bonapartes, y otros cuya grandeza se exhibe en las vícti- ­(264) mas que dejaron tendidas a su paso, y cuya insaciable co­dicia de poder llenó sus tiempos de viudas y de huérfanos. Y aún, tal es el espíritu que distingue a los "diez dedos" de la imagen, como hoy lo vemos demostrándose en los adiestrados ejércitos de hombres armados con toda suerte de invenciones diabólicas con el sólo objeto de extermi­narse los unos a los otros al mandato de los "poderes exis­tentes." *


 

A los soberbios ahora llamamos dichosos, y decimos que son prosperados los que obran maldad. (Mal. 3:15) ¿Acaso no percibimos, entonces, que la destrucción de esta gran imagen al choque de la piedra, y el estableci­miento del Reino de Dios, significa nada menos que la libertad de los oprimidos y la bendición para todos? Aun cuando por algún tiempo el cambio causará disturbios y angustia, no obstante, concluirá dando paso a los apacibles frutos de la justicia.

 

Mas ahora, teniendo presente la diferencia del punto de vista, fijémonos en estos mismos cuatro imperios univer­sales bajo el punto de vista de Dios y de los que se en­cuentran en armonía con El, como se deja ver en la visión que le fue dada al amado Profeta Daniel. De la manera que a nosotros, esos reinos aparecen desnudos de gloria alguna, mas en cambio, brutales y bestiales, así, a Daniel, esos cuatro imperios universales le fueron mostrados co­mo cuatro grandes bestias feroces. Y a su vista, el Reino de Dios proporcionalmente apareció más grandioso que como éste fue visto por Nabucodonosor. Daniel dice: "Yo estaba mirando en mi visión de noche y he aquí que los cuatro vientos del cielo se desataron sobre el Mar Grande. Y cuatro bestias grandes subían del mar, dife­rentes unas de otras. La primera era como león, y tenía

 

Recuérdese que este libro fue escrito en 1886. En el conflicto mundial comenzado en 1914 se vio muy bien demostrado el ''espiritu" aquí mencio­nado. Hacemos también constar que en loó volúmenes 2 v 4 de esta serie, que por primera vez aparecieron en los años de 1889 y 1897, respectivamente, el autor repetidas veces menciona el año de 1914 en conexión con las tres fases (guerra, revolución y anarquía) del Gran Tiempo de Angustia predicho en las Escrituras.—N del T.

 

alas de águila . . . y he aquí otra segunda bestia, se­mejante a un oso . . . y he aquí otra semejante a un leopardo.... Después de est<J estaba yo mirando en visiones de la noche, y he aquí otra cuarta bestia, espan­tosa y terrible, y en gran manera fuerte, la cual tenía dien­tes de hierro, devoraba y desmenuzaba, y las sobras holla­ba con sus pies; y era diferente de todas las bestias que habían sido antes de ella; y tenía diez cuernos."—Dan. 7:2-7

 

Pasamos por alto como menos importantes que los de­talles de la cuarta bestia, los relativos a las primeras tres bestias (Babilonia, el león; Medo-Persia, el oso; y Grecia, el leopardo) con sus cabezas, patas, alas, etc.

 

Acerca de la cuarta bestia dice Daniel: "Después de es­to yo estaba mirando en visiones de la noche, y he aquí otra cuarta bestia, espantosa y terrible, y en gran manera fuerte . . . y tenía diez cuernos. Estaba yo mirando los cuernos, cuando he aquí otro cuerno pequeño que subía entre ellos; y tres cuernos de los primeros fueron arrancados de raíz delante de ése, y he aquí que había en ese cuerno, ojos como de hombre, y una boca que hablaba grandezas."—Dan. 7: 7-8

 

Aquí se muestra el Imperio Romano, y las divisiones de su poder están demostradas por los diez cuernos, el cuer­no siendo símbolo de poder. El cuerno pequeño que se levantó entre éstos, que tomó para sí el poder de tres de ellos, y que reinó entre los otros, representa el pequeño principio y la ascención gradual al poder, de la Iglesia de Roma, el cuerno Papal. A medida que fue obteniendo in­fluencia, tres de las divisiones, cuernos o poderes del Im­perio Romano ( Hérules, Exarcado Oriental, Ostrogodos i, fueron hechas a un lado para dejar campo a su estableci­miento como poder civil o cuerno. Este último cuerno, el Papado, es particularmente notorio por sus ojos, los que representan inteligencia, y por su boca—sus dichos y pretensiones.

 

Daniel no da ningún nombre descriptivo a esta cuarta bestia representativa de Roma. Aun cuando de las otras (266) dice que tenían semejanza de león, de oso y de leopardo, la cuarta era tan horrible y feroz que ninguna bestia podía compararse con ella. Juan el Revelador, contemplan­do en visión la misma bestia o gobierno simbólico, no en­contró nombre para describirla, y finalmente le dio varios, entre otros, el de "Diablo." (Apoc. 12:9) Verdadera­mente escogió un nombre bastante apropiado, porque visto a la luz de sus sangrientas persecuciones, el Imperio Romano ha sido ciertamente el más diabólico de todos los gobiernos terrenales. Aun en su cambio de Roma Paga­na a la Roma Papal, demostró uno de los principios ca­racterísticos de Satanás, porque él también se transforma para aparecer como ángel de luz (2 Cor. 11:14) de la mis­ma manera que Roma se transformó del paganismo y pre­tendió ser cristiana, o sea el Reino de Cristo.*

 


 

Después de dar algunos detalles concernientes a esta última bestia que representaba a Roma, y especialmente acerca de su cuerno papal, el Profeta dice que se habría de formular un juicio en contra de este cuerno y que em­pezaría a perder su dominio, el cual se consumiría por medio de un proceso gradual, hasta que la bestia fuese destruida.

 

Esta bestia o Imperio Romano, con sus cuernos o di­visiones, aún existe, mas su vida le será quitada por el levantamiento de las masas populares y el derrocamiento de los gobiernos en el "Día del Señor" preparatorio al reconocimiento del gobierno celestial. Esto se demuestra claramente en algunos textos que ano nos quedan por examinar. Sin embargo, la destrucción del cuerno Papal se llevará a cabo primeramente. Su poder e influencia empezaron a decrecer cuando Napoleón llevó al Papa pri­sionero a Francia. Luego, cuando ni las amenazas de los

 

*EI hecho de que a Roma se le llama ''el Diablo" de ninguna manera es prueba en contra de la existencia de un diablo personal, sino lo contrario. Por haber tales bestias como leones, osos y leopardos. con características conocidas, es por lo que se comparan a ellos esos gobiernos, y si el cuarto imperio universal se compara con el diablo, es porque existe uno con carac­teristicas conocidas.

 

(267)

 

Papas, ni las oraciones que en su contra elevaban, los libra­ron del poder de Bonaparte, llegó a ser evidente para todas las naciones y gentes que la autoridad y poder divi­nos que el Papado pretendía poseer, eran sin fundamento alguno. Después de esto, el poder temporal del Papa dis­minuyó rápidamente, hasta que en setiembre de 1870 perdió el último vestigio del poder temporal a manos de Víctor Manuel.

 

No obstante, durante todo este tiempo en el cual se efectuaba su "destrucción," se mantuvo dando expresión a sus grandes palabras de blasfemia, siendo la última la que prorrumpió en el año de 1870, unos pocos meses antes de su caída, cuando declaró la infabilidad de los Papas. Todo esto se deja ver en la profecía: "Estaba mirando (después del decreto en contra del "cuerno" después de haber comenzado su destrucción) a causa de la voz de las GRANDES PALABRAS que hablaba el cuerno."—Dan. 7:1 1

 

Así se nos trae por medio de la historia hasta nuestros días, y se nos hace ver que en lo tocante a los imperios de la tierra, todo lo que podemos esperar es su completa des­trucción. De acuerdo con las Escrituras, lo que ha de efectuarse en seguida, se describe así: "Estaba mirando hasta que fue muerta la bestia, y su cuerpo destruido y entregado al fuego devorador." Tanto la muerte, la quema y la misma bestia, son símbolos, y significan la des­trucción total y sin esperanza de los gobiernos ahora organizados. En el versículo 12 el Profeta hace ver una diferencia entre el fin de esta cuarta bestia y el de las otras tres. Sucesivamente, a las tres (Babilonia, Persia y Grecia), les fue quitado el dominio, cesando de ejercer el dominio y poderío sobre toda la tierra, sin embargo, su vida nacional no cesó al mismo tiempo. Grecia y Persia aún tienen algo de vida, a pesar de que ya hace mucho tiempo que el poder universal pasó de sus manos. Sin embargo, este no es el caso con el Imperio Romano, la cuarta y última bestia. Perderá su dominio y su vida al mismo tiempo: será destruido totalmente y con él, los (268) vestigios de los otros imperios también pasarán. Dan. 2:35


 

No importa cuáles sean los medios o la instrumentali­dad que se use, la causa de la caída será el establecimien­to sobre la tierra del QUINTO IMPERIO UNIVERSAL, el Reino de Dios bajo Cristo, a quien pertenece el dere­cho de entrar en poder. El cambio del reino quitado a la cuarta bestia y el cual durante su tiempo señalado fue "ordenado por Dios," al quinto reino bajo el Mesías, cuan­do llegue el tiempo oportuno, se describe por el Profeta en los siguientes términos: "Y he aquí que sobre las nu­bos del cielo venía uno semejante al Hijo del hombre, y vino al Anciano de días y lo trajeron delante de El. Y fuéle dado ( al Cristo, la Cabeza y el cuerpo ya completo), el dominio, y la gloria, y el reino, para que todos los pue­blos, naciones y lenguas le sirviesen. Su dominio es un dominio eterno que jamás pasará, y su reino, el que nunca será destruido." El ángel dio la siguiente interpretación: "Y el reino, y el dominio, y el Señorío de los reinos por debajo de todo el cielo, será dado al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es un reino eterno, y todos los dominios le servirán y le obedecerán."—Dan. 7:13, 27

 

Visto de esta manera, el dominio de la tierra va a ser colocado por Jehová (el Anciano de Días) en las ma­nos del Cristo, quien "pondrá todas las cosas bajo sus pies. " ( 1 Cor. 15:27 ) Así entronizado, sobre el Reino de Dios, El debe reinar hasta que haya sometido toda au­toridad y poder que esté en conflicto con la voluntad y la Ley Divina. Para llevar a cabo esta gran misión se necesita que primeramente sean derrocados esos gobier­nos gentiles, puesto que "los reinos de este mundo," lo mismo que el "príncipe de este mundo," no se rendirán pacíficamente sino que tendrán que ser atados y restrin­gidos a la fuerza. Por eso está escrito: "Para aprisio­nar a sus reyes con grillos, y a sus nobles con cadenas de hierro; para ejecutar en ellos el juicio decretado, honra es esta reservada para todos sus santos."—Sal. 149:8, 9

 

A medida que examinamos los gobiernos presentes ba­- (269) jo el punto de vista del nuestro Señor y del Profeta Da­niel, y en proporción a que nos damos cuenta de su carácter feroz, destructivo, egoísta y bestial, nuestros co­razones sienten el anhelo de la terminación de los go­biernos gentiles, y llenos de regocijo miran hacia ese glorioso día cuando los vencedores de esta Edad Evangéli­ca serán entronizados con su Cabeza para gobernar, para bendecir y para restaurar a la creación que gime. Indu­dablemente que todos los hijos de Dios, de todo corazón y junto con su Señor pueden orar: "VENGA A NOS TU REINO, hágase tu voluntad aquí en la fiera como se hace en el cielo."

 

Cada uno de estos gobiernos representados por la ima­gen y por las bestias, principiaron a organizarse desde an­tes que llegaran a ejercer el poder universal. De la mis­ma manera, el Reino de Dios hace mucho tiempo que exis­te, pero separado del mundo, no procurando gobernarlo, sino esperando su tiempo: el tiempo señalado por el An­ciano de días. Así como los otros, tiene que ser "estable­cido" antes de que pueda ejercer su poder en herir y ma­tar a la bestia o reino que le precede. Por lo tanto, bas­tante apropiado es lo dicho: "En los días de esos reyes (mientras que ellos ano ejercen el poder ), el Dios del cie­lo establecerá i en poder y autoridad ) un reino." Y des­pués de que haya sido establecido, desmenuzará y acaba­rá con aquellos, en tanto que éste permanecerá para siem­pre. ( Dan. 2:44 ) Esto visto, como quiera que examinemos el asunto, debemos esperar que el Reino de Dios debe inagurarse antes de la caída de los reinos de este mundo, y que su poder y sus ataques ocasionarán el derrocamiento de éstos.

 

LOS GOBIERNOS DEL TIEMPO PRESENTE

DESDE OTRO PUNTO DE VISTA

 

El derecho y la autoridad suprema para gobernar perte­necen y para siempre pertenecerán a Jehová, al (Creador no importa a quien El permita o autorice para que ejerza una autoridad subordinada. Bajo las imperfecciones y (270) debilidades que resultaron a causa de su infidelidad al Rey de reyes, Adam gradualmente tornase débil e impotente. Como monarca, principió a perder el poder por medio del cual, haciendo uso de la fuerza de su voluntad, ordenaba y mantenía en sujeción a la creación animal. A tal grado perdió el dominio de sí mismo que cuando anhelaba hacer el bien, intervenían sus debilidades para frustrarlo, dando por resultado que las cosas buenas en que él se complacía, no las podía llevar a cabo, y en cambio, ejecutaba las cosas por él desaprobadas.


 

Aun cuando no tratamos de excusar a la raza rebelde, no obstante podemos simpatizar con sus vanos esfuerzos para gobernarse a sí misma y para labrar su bienestar. Algo puede decirse del éxito alcanzado en esa dirección, pues aun a posar de reconocer el verdadero carácter de estos gobiernos bestiales, por corruptos que hayan sido, superan a la carencia total de ellos, resultando mil veces mejor que el desorden y la anarquía. Aun cuando la anar­quía, bien seguro, hubiera cuadrado mejor al "príncipe de este mundo" tál no es el caso con sus súbditos, y como quiera que su poder no es absoluto sino que está limita­do hasta el grado en que pueda obrar por medio de la humanidad, sus tácticas tienen en su mayor parte que conformarse con los ideales, las pasiones y las ideas preconcebidas de los hombres. El ideal humano era su gobierno propio, independiente de Dios; cuando Dios le permitió el experimentarlo, Satanás se aprovechó de la oportunidad para extender su influencia y su dominio. A causa de sus deseos de olvidar a Dios (Ro».. 1:28), el hombre quedó expuesto a las influencias de este sagaz, poderoso e invisible adversario, y desde entonces ha estado obligado a luchar en contra de sus maquinaciones en añadidura a sus mismas debilidades personales.

 

Siendo éste el caso, nuevamente fijémonos en los reinos de este mundo considerándolos ahora como los esfuerzos de la humanidad caída para gobernarse a sí misma independientemente de Dios. Aun cuando la corrupción y el egoísmo individuales han trastornado el curso de la (271) justicia a tal grado que ésta en su verdadero sentido rara vez se administra bajo los reinos de este mundo, sin embargo, el objeto ostensible de todos los gobiernos que se han organizado en la tierra ha sido el de promover la justicia y el bienestar de los pueblos.

 

Hasta qué punto se ha logrado este intento, es otra cuestión; mas esto es lo que se ha pretendido hacer por todos los gobiernos, y debido a ello, los pueblos se han dejado gobernar, sometiéndose y sosteniendo los toles cuando se han pasado por alto los principios de justicia, o se ha engañado y cegado a las masas con respecto a ellos han resultado guerras, conmociones y revueltas.

 

Las negras acciones de los tiranos ruines que obtuvie­ron el poder en los gobiernos de este mundo no represen­taban las leyes ni instituciones de esos gobiernos, mas al usurpar la autoridad y emplearla con fines tan egoístas y bajos, dieron a los gobiernos su carácter bestial. Todo gobierno ha tenido una mayoría de leyes sabias, justas y benéficas adoptadas con el fin de proteger la vida y la propiedad; para protección de los intereses domésticos y comerciales; para el castigo del crimen, etc. También han tenido cortes de apelación para sanjar ciertas dificul­tades, y en ellas, hasta cierto grado al menos, se ha ejer­cido la justicia; ano teniendo en cuenta la imperfección de sus funcionarios, la ventaja y la necesidad que existe de talos instituciones es manifiesta. A pesar de lo poco satisfactorios que han sido esos gobiernos, sin ellos, el elemento malo de la sociedad, siendo mayor en número, hubiera prevalecido sobre el mejor y más justó.

 

Por lo tanto, aun cuando reconocemos el carácter bestial de estos gobiernos, hechos así a causa de la exaltación al poder de una mayoría de gobernantes inicuos, quienes por medio de las intrigas y decepciones de Satanás operando por conducto de las debilidades y de los gus­tos depravados del hombre alcanzaron tales puestos, no obstante, no podemos menos que reconocerlos como los mejores esfuerzos de la pobre y caída humanidad para gobernarse a sí misma. Siglo tras siglo, Dios les ha per­- (272) mitido que hagan el esfuerzo y que se den cuenta de los resultados. Pero después de varios siglos de experimentos, los resultados están tan lejos de ser satisfactorios hoy, como en cualquier otro periodo de la historia Se puede decir que el descontento es ahora más general y extenso que nunca antes, no porque prevalezca mayor opresión e injusticia que en otros tiempos, sino porque de acuerdo con los designios divinos, los ojos de los hombres están siendo abiertos por medio del aumento del conocimiento.

 

 


Los diferentes gobiernos que de tiempo en tiempo se han establecido en el mundo, han dado a conocer el pro­medio de habilidad del pueblo por ellos representado, para gobernarse a si mismos. Aun donde han existido los gobiernos despóticos, al hecho de que han sido tolerados por las masas, prueba que como pueblos no eran compe­tentes para establecer y sostener un gobierno mejor, ano cuando, siempre, indudablemente muchos individuos entre el número se encontraban en gran manera adelantados a la condición promedial.

 

Al comparar la condición del mundo hoy en día con la de cualquiera otro periodo anterior, encontramos una marcada diferencia en el sentimiento de las masas. El espirito de independencia se halla esparcido por doquiera, y a los hombres no tan fácilmente se les ciega, engaña ni conduce por medio de mandatarios ni estadistas, y por 10 tanto, ya no se someterán a los yugos de tiempos anteriores. Este cambio del sentimiento público no ha sido uno gradual desde el mismo principio que el hombre intentó gobernarse a si mismo, sino que claramente puede discernirse su comienzo en el siglo diez y seis, y su progreso ha sido más rápido en el transcurso de los últi­mos cincuenta años. Por consiguiente, este cambio no es a consecuencias de los experimentos de los tiempos pasados, sino el resultado natural del reciente aumento de conocimiento y de su difusión general entre las masas. La invención de la imprenta, aproximadamente en el año 1440 E. C., y el consiguiente aumento de libros y periódi­cos, forman el punto de partida y los primeros preparati- ­(273) vos para esa difusión de conocimiento. En el siglo diez y seis empezó a sentirse la influencia de este invento en el despertar del público en general; los pasos progresivos desde ese entonces a todos son familiares. La educa­ción general de las masas ha llegado a ser popular, y las invenciones y descubrimientos son ocurrencias diarias. Este aumento de conocimientos entre los hombres, de­signado por Dios, y efectuándose al tiempo por El demar­cado, es una de las poderosas influencias que ahora se ocupan en atar a Satanás, aminorando su influencia y circunscribiendo su poder en este "Día de Preparación" para el establecimiento del Reino de Dios sobre la tierra.

 

El aumento de conocimientos en toda dirección despierta entre los hombres un sentimiento de respeto propio, también los hace darse cuenta de sus derechos naturales e inalienables, los cuales por más tiempo no permitirán que sean pasados por alto o menospreciados; al contrario, Irán al extremo opuesto. Demos ahora una ojeada retrospectiva a través de los siglos, y fijémonos cómo las naciones con sangre han escrito la historia de su descontento. Los Profetas declaran que a causa del aumento del conocimiento, un descontento más general y contagioso será manifestado, y dará lugar a una revo­lución universal, redundando en el desquiciamiento de toda ley y orden; también nos dicen que la anarquía y la an­gustia sobre todas las clases será el resultado, pero que en medio de la confusión. el Dios del cielo "ESTABLE­CERA" su Reino el cual colmará los anhelos de todas las naciones. Fatigados y desanimados a causa de lo inútil de sus esfuerzos, y hallando que sus últimas y más de­sesperadas tentativas han dado por resultado la anarquía, los hombres, pronta y jubilantemente, darán la bienveni­da y se postrarán ante la autoridad celestial, reconociendo su estricto y justo gobierno. De esta manera, la con­dición extrema del hombre tornarse en una oportunidad para Dios, y vendrá "el deseo de todas las naciones," el Reino de Dios en poder y gran gloria.- Ag. 2:7

 

Sabiendo ser éste el propósito divino, ni Jesús ni los (274) Apóstoles se entrometieron en ninguna manera con los gobiernos terrenales. Al contrario, enseñaron a la Igle­sia a someterse a estos poderes, aun cuando a menudo sufrieron bajo su abuso del poder. Todos ellos enseñaron a la Iglesia a obedecer las leyes y a respetar a los que se encontraban ejerciendo autoridad, a causa de su oficio, aun cuando personalmente no fueran dignos de estima; enseñaron que se-pagaran las contribuciones, y que no se opusiera ninguna resistencia a las leyes establecidas, excepto cuando estuvieren en pugna con las leyes divi­nas. (Hech. 4:19, 5:29, Rom. 13:1-7, Mat. 22:21) El Señor, los Apóstoles y la Iglesia primitiva, se sometieron a las leyes, aun cuando estuvieron separados y no tomaron parte alguna en los gobiernos de este mundo.

 


 

Aun cuando los poderes existentes, los gobiernos de este mundo, fueron ordenados o arreglados por Dios para que la humanidad obtuviera una experiencia necesaria bajo ellos, sin embargo, la Iglesia, los consagrados que aspiran a oficiar en el futuro Reino de Dios, no deberían codiciar los honores ni las remuneraciones ofrecidas por los talos, tampoco deberían oponerse a estos poderes. Son conciudadanos y herederos del reino celestial (Efe. 2:19), y en tal capacidad no deberían esperar más derechos ni privilegios de los reinos de este mundo que los concedidos a los extranjeros. Su misión no es ayudar a mejorar la presente condición del mundo ni mezclarse en los asuntos de actualidad. El intentar tal cosa sólo sería un des­perdicio de esfuerzos, puesto que el curso del mundo y la terminación de ese curso, claramente se hallan especifica­dos en las Escrituras y se encuentran bajo el pleno domi­nio de Aquel que ha de darnos el Reino cuando llegue el tiempo señalado. La influencia de la Iglesia verdadera ha sido siempre, y aún lo es, tan insignificante, que polí­ticamente no es ni siquiera digna de mención; y aun en el caso de que tal influencia revistiese ciertas proporciones, debemos seguir el ejemplo de Jesús y de sus Apóstoles. Estando al corriente de que el propósito de Dios es el de que el mundo ponga a prueba su capacidad para gobernar­-  (275) se, la Iglesia aun cuando en el mundo, no debe formar parte de él. Solamente en su condición de separación, y dejando brillar su luz de manera que el espíritu de la ver­dad REPRENDA al mundo, es como los santos pueden ejercer su influencia sobre él. De esta manera, sin echar mano del método comúnmente seguido de mezclarse en la política y de, junto con el mundo, urdir tramas para adquirir poder, viéndose forzada a tomar parte en contie­das, pecados y degeneración general, mas antes, reproban­do el pecado y el desorden, aprobando toda ley justa proclamando el prometido reino de Dios y señalando las bendiciones que se esperan bajo él, la futura Esposa del Príncipe de Paz, como representante de su Señor en el mundo, ataviada en su gloriosa castidad debería cons­tituirse en una potencia promotora del bien.

 

 

La Iglesia de Dios debería dedicar toda su atención y todos sus esfuerzos a predicar el Reino de Dios, y al adelantamiento del interés de dicho Reino, de acuerdo con el plan formulado en las Escrituras. Si se hace esto fielmente, no quedará ni tiempo ni deseos para entrome­terse en la política de los gobiernos presentes. El Señor no tuvo ni tiempo ni deseos para ello; tampoco lo tuvieron los Apóstoles, ni ninguno de los santificados que han seguido su noble ejemplo.

 

Poco después de la muerte de los Apóstoles, la Iglesia primitiva fue presa de esta misma tentación. La predi­cación de la venida del Reino de Dios que destronaría todos los otros reinos terrenales, y la predicación de Cristo crucificado como heredero de ese reino, no encontró acogida popular, mas sí atrajo sobre ella innumera­bles persecuciones, los desprecios y el oprobio. Hubo algunos de entre el número quienes pensaron mejorar el plan de Dios, y en vez de sufrir, hacer que la Iglesia obtuviera una posición de favor con el mundo, esto lo lograron por medio de una combinación con los poderes terrenales. Como resultado, se desarrolló el Papado, la Iglesia de Roma, la que con el tiempo convirtiese en reina y señora de las naciones.—Apoc. 17:3-5; 18-7 (276)


 

Todo se cambió con esta táctica; en vez de sufrimien­tos, hubo honores, en cambio de la humildad, vino el orgullo; el error tomó el lugar de la verdad, y cesando de ser perseguida, la Iglesia tornase en perseguidora de los que condenaban sus nuevo' e ilegítimos honores. Pronto empezó a inventar nuevas teorías y sofismas para jus­tificar su conducta, primeramente engañándose a sí misma, luego a las naciones, con la creencia de que el prome­tido Reino Milenario de Cristo HABIA COMENZADO YA, y que Cristo, el Rey, estaba representado por los papas, quienes como vicarios suyos, reinaban sobre los reyes de la tierra. Logró engañar a todo el mundo con sus pretensiones. Todas las naciones se "embriagaron" con sus doctrinas erróneas (Apoc 17:2), siendo intimida­das, y enseñándoseles que el tormento eterno esperaba a cuantos resistieran sus doctrinas. Pronto los reyes de Europa fueron coronados y destronados por medio de sus edictos y bajo su supuesta autoridad.

 

Esta es la razón por la cual los reinos de Europa alegan ser Reinos Cristianos; pretenden que sus soberanos "rei­nan por la gracia de Dios," esto es, por autoridad o con el consentimiento del Papado o de alguna de las sectas protestantes Aun cuando los reformadores abandona­ron muchas de las pretensiones papales en lo concernien­te a la jurisdicción eclesiástica, y a otros puntos, no obs­tante retuvieron este honor que los reyes de la tierra ha­bían asignado al cristianismo. A causa de esto, los refor­madores cayeron en el mismo error, y al sancionar y cons­tituir gobiernos y reyes, denominándolos "Reinos Cris­tianos" ejercieron una autoridad de monarcas. Esta es la razón por la cual hoy en día oímos hablar de ese ex­traño enigma, "EL MUNDO CRISTIANO," ¡un enigma en verdad si lo estudiamos bajo los estrictos principios del Evangelio! Refiriéndose a sus discípulos nuestro Se­ñor dijo: "Ellos no son del mundo, así como yo tampoco soy del mundo" y el Apóstol Pablo nos hace la siguiente exhortación: "No seáis conformados a este mundo."—Jn. 17:16; Rom. 12:2 (277)

 

Dios nunca ha sancionado el que estos reinos sean lla­mados con el nombre de Cristo. Engañados por la igle­sia nominal estas naciones están navegando bajo falsos colores, pretendiendo ser lo que no son. El permiso limitado "hasta que venga Aquél, cuyo es el derecho," con­cedido por Dios y comunicado a Nabucodonosor es el único derecho que pueden alegar, aparte del conferido por el voto popular.

 

La pretensión de que a pesar de sus imperfecciones, de sus leyes poco justas, y de sus gobernantes, más de las ve­ces egoístas y viciosos, estos reinos constituyen "el Reino del Señor y de su Ungido," es un burdo libelo detractor del Príncipe de Paz, de los justos gobernantes del reino venidero, y también del verdadero Reino de Cristo, ante el cual, muy en breve, todos los otros dejarán de ser.— Isa. 32: 1

 

Otro serio perjuicio resultante de este error es el de que ha apartado la atención de los hijos de Dios del pro­metido reino celestial; los ha conducido a sancionar in­debidamente y a mantener intimidad con los reinos terre­nales; esto ha dado margen a que descuidando el Evange­lio concerniente al verdadero Reino y las esperanzas que éste suministra, en cambio dediquen sus esfuerzos a la casi infructuosa tarea de ingertar las gracias y morales del cristianismo en estos troncos montaraces y munda­nos. Obrando bajo esta ilusión, hoy en día ( 1886) mu­chos se esfuerzan en que el nombre de Dios se incorpore en la Constitución de los Estados Unidos, y así, esta na­ción se torne en una "cristiana." Por mucho tiempo los presbiterianos reformados han rebasado votar y desem­peñar empleo alguno en este gobierno porque no es un Reino de Cristo. De esta manera reconocen lo impropio que es a los cristianos el tomar parte en otro alguno Aprobamos el sentimiento mas nó la conclusión, pues no vemos el porqué con solo añadir el nombre de Dios a la Constitución, este gobierno dejara de ser uno de los de este mundo para tornarse en Reino de Cristo, dándoles li­bertad para participar en elecciones y para ocupar puestos (278) en él. ¡Qué necedad! Cuán grande el engaño con el cual la "Madre de las Rameras" (Apoc. 17:2) ha embria­gado a todas las naciones. De una manera semejante se pretende que los reinos de Europa fueron transferidos del dominio de Satanás al de Cristo, llegando a ser "Na­ciones Cristianas."


 

Démonos cuenta de que las mejores y las peores na­ciones de la tierra no son más que "reinos de este mundo" -cuya facultad de dominio concedida por Dios está próxi­ma a espirar para dar lugar al sucesor ordenado, el Rei­no del Mesías, el Quinto Imperio Universal (Dan. 2:44; 7:14, 17, 27) Si discernimos esto, nos ayudará mucho a establecer la verdad y a demoler el error.

 

Tal como ahora se entiende el asunto, las acciones del papado sobre este respecto, sancionadas por los reforma­dores protestantes pasan sin despertar oposición alguna de parte del pueblo cristiano. Siempre y cuando que co­mo cristianos su deber es el de mantener en alto el Reino de Cristo, se sienten compelidos a defender la causa de los tambaleantes reinos de la tal llamada Cristiandad, cu­yo día está precipitadamente tocando a su fin; a causa de esto, por lo regular sus simpatías se encuentran del lado de la opresión en vez de estar al lado del derecho y de la libertad, se encuentran del lado de los reinos de este mun­do y de su príncipe, en cambio de encontrarse al lado del legítimo y verdadero reino por venir, el de Cristo.—Apoc. 17: 14; 19: 11-19

 

La humanidad rápidamente está llegando a la conclu­sión de que "los reinos de este mundo" no demuestran gran semejanza a Cristo, y que sus pretensiones de estar por El autorizados dan mucho lugar a duda. Los hom­bres comienzan a hacer uso de sus facultades de racioci­nio en este y otros respectos; la expresión que a sus con­vicciones han de dar será tanto más violenta cuanto se aperciban de que han sido en blanco de un fraude per­petrado en el nombre del Dios de Justicia y del Prínci­pe de Paz. En realidad, la tendencia de muchos es ha­cia el extremo de imaginar que el cristianismo en sí, no (279)es más que una impostura sin fundamento alguno, cuyo unico propósito, en unión con los gobernantes, es el de mantener bajo su puño de hierro las libertades del pueblo.

 

¡Quién diera que los hombres fueran menos insensatos! ¡que aplicaran su corazón a la sabiduría de entender la obra y el plan de Dios! De ser así, gradualmente irían desapareciendo los reinos presentes; una reforma sería se­guida de otra; se añadirían nuevas libertades a las ya go­zadas, y, hasta que la rectitud quedara para siempre im­plantada sobre la tierra, la verdad juntamente con la jus­ticia prevalecerían sobre todo. Pero dejan de hacer tal cosa; no la pueden hacer en su condición caída. Por es­to, rebosando de egoísmo, cada cual tratará de sobrepo­nerse a los demás, dando lugar al derrumbe de todos los reinos de este mundo en "un gran tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación." Habrá algunos que en vano tratarán de adherirse y sostener en alto un dominio cuyo fin habrá llegado cuando venga Aquel, cuyo es el derecho. El Señor amonesta a los ta­les y les da a entender que están luchando en contra suya bien pueden estar seguros de perder en tal conflicto. Sus palabras son como sigue:

 

"¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos medi­tan vanos proyectos? Estarán en pie los reyes de la tie­rra, y príncipes consultarán a una en contra de Jeho­vá y de su Ungido, diciendo, ¡ Rompamos las coyundas de su yugo, y echemos de nosotros sus cuerdas! El que se sienta en los cielos se reirá; el Señor hará escarnio de ellos. Entonces hablará en su ira, y en su ardiente indignación los conturbará dirá, ¡ Yo he constituido mi Rey sobre Sión, mi santo monte! . . . ¡Ahora pues, oh reyes, obrad con cordura! ¡Sed amonestados, jueces de la tierra! Servid a Jehová con temor y alegráos con temblor. Besad al Hijo (hacéos amigos del Ungido de Jehová), no sea que se enoje y perezcáis en el camino; porque pronto se encen­dera su ira, ¡Bienaventurados son todos los que confían en El."—Sal. 2:1-ó, 10-12

 

 

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